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Lunes, 19 de Febrero de 2018
Política
Integración de Cuba a América Latina. Una isla camina sobre cristales rotos
Integración de Cuba a América Latina. Una isla camina sobre cristales rotos Jorge Luis Baños
Desde los tempranos noventa, Cuba auguraba la necesidad de integración latinoamericana.

Cuba desea integrarse a América Latina, pero, sabe que ese propósito está subordinado a la aceptación o el rechazo de los gobiernos latinoamericanos y las opiniones a favor o en contra pueden resultar irreconciliables.

¿Qué ganaría Cuba si lograra integrarse? En política puede ganar mucho. Económicamente, quizás no sea tanto su beneficio.
El mexicano Leopoldo Zea (1) asegura que América Latina dejó de ser una prioridad para Estados Unidos. Eso reduce la potencialidad económica latinoamericana.

Asimismo los cubanos saben que, después del derrumbe de Europa del Este y la derrota sandinista en Nicaragua, se fue de un sólo lado la correlación de fuerzas a nivel mundial. Y esa inclinación no es la que a ellos puede favorecerles. Todo lo contrario.

No obstante, Cuba insiste en integrarse. Desde hace varios años la isla envía mensajes a sus vecinos del subcontinente. Algunos velados; otros muy claros.

En mayo de 1991, ante un auditorio de sociólogos latinoamericanos reunidos en La Habana, el vicepresidente cubano Carlos Rafael Rodríguez aseguró que Cuba bien podía integrarse definitivamente a la América Latina.

Para fundamentar esta pretensión agregó que el socialismo cubano no amenaza a nadie ni desea intervenir en los procesos de otros pueblos.
Tal aseveración, según el examen de la historia reciente, venía a confirmar la conducta cubana de los últimos años en cuanto al abandono de su tradicional protagonismo en el estímulo a las guerrillas de esta convulsa región del planeta.
Por algunos otros aspectos abordados en el discurso de Rodríguez podían interpretarse ciertas conclusiones de la dirección política de la isla en su voluntad de integración latinoamericana.

En primer término, Cuba, al inicio de la última década del siglo XX, proclamaba su franca decisión de arriesgarse junto a sus iguales convencida "que el desafío que nuestros países tienen frente a sí es el mismo que afronta todo el Sur".
Por su parte, el gobierno cubano parecía empeñado en aportar una buena cuota de serenidad en el análisis global de la coyuntura de los años noventa en América Latina donde el signo común actual es la exasperación, circunstancia que el político de La Habana resumió al mejor estilo garciamarqueano:

"Podemos decir que entre nosotros la cólera tiene una significación mayor que el cólera".

EL ADIOS A LAS UTOPÍAS

Definitivamente los cubanos venían estudiando, desde fines de los años ochenta, el equilibrio mundial de las potencias y recibían con agrado las primeras conclusiones de Chalmers Johnson (2) citadas por Rodríguez:
"La Guerra Fría terminó; los japoneses vencieron".
Coincidían también en que Japón había pasado a ser el primer acreedor internacional de los años noventa pero deseaban explicarse por qué, pese a su ventajosa situación económica, no comenzaba ya a ocupar "el lugar que parecería corresponderle en la política internacional contemporánea".

Según la natural continuidad de las afirmaciones anteriores, Japón podría un día decir "no" a Estados Unidos y, al hacerlo, comenzaría a contribuir a levantar un valladar a la tendencia a la consolidación de un mundo unipolar.
Japón, incluso, podría dar inicio a un proceso proclive a la aparición de un nuevo orden político mundial multipolar que aliviara a Cuba de las constantes, crecientes y gravosas presiones norteamericanas.
Cuba, por último, admitía haberse convencido, según el influyente vicepresidente, que las aspiraciones políticas y sociales se convierten en sueños utópicos si antes no se conquista una economía realmente sólida.

Moraleja: los sueños de los revolucionarios cubanos de los años sesenta habían quedado indefinidamente postergados por los hechos políticos que determinaron, en los umbrales de la década de los noventa, un retroceso para las fuerzas radicales del planeta.

EL ACOSO A CUBA PUEDE FRENAR LOS CAMBIOS EN LA ISLA

Luego de estas consideraciones, algunas de ellas sorprendentes, incluso para los estudiosos de la política cubana, el hombre que la prensa internacional ha identificado como el principal asesor de Fidel Castro en materia de economía y política internacional desde hace tres décadas, ofrecía a su privilegiada audiencia de profesionales de la sociología latinoamericana algunas otras interesantes conclusiones. Entre ellas, dos de gran trascendencia.

Primero: "El socialismo no rechaza el multipartidismo". (Pero Cuba, acosada, no puede correr el riesgo de intentar demostrarlo en circunstancias de extremo peligro).
Segundo: "Cuba quisiera ver a la América Latina convertida en una gran región del socialismo, pero sabe que estamos lejos todavía de esa realidad".

LA LARGA VIDA DEL IMPERIALISMO

Treinta meses después, al clausurar el VI Congreso de los periodistas cubanos en diciembre pasado, el presidente Castro admitió que Cuba, después de perder el 78 % de sus exportaciones como consecuencia de la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, apenas ha podido consagrarse a resistir el bloqueo norteamericano.

Para ilustrar con mayor elocuencia la crisis de un proyecto político y socioeconómico acosado por las deserciones, las indisciplinas, los delitos de prevaricación, las traiciones y el desaliento, el Presidente cubano agregó:
"Hoy vemos cuán lejana está todavía la sociedad comunista, cuán lejana está, incluso, la desaparición del Estado, cuán lejana está la desaparición del imperialismo".

PREJUICIOS Y LIMITACIONES REALES

Cuba, sin embargo, difícilmente conseguirá, a corto plazo y de modo rotundo, convencer a sus vecinos de América Latina de las ventajas de su democracia unipartidista y de la existencia de un Parlamento cuya eficacia deliberativa es discutible desde más de un punto de vista.

La participación democrática cubana, aunque excelentemente fundamentada en teoría, sufre en la práctica -según quienes la impugnan- distorsiones que se derivan de la subordinación del consenso de los diputados a consideraciones políticas inapelables.
Ciertamente la novedad de la formulación democrática de la isla es tanta, y de hecho se opone en tan alta medida a las tradiciones americanas, que a sus heraldos ha de resultarles muy difícil alcanzar la anuencia de siquiera una parte de importantes sectores latinoamericanos inconmoviblemente democrático-representativos.

A excepción, desde luego, de contadas personalidades como Eduardo Galeano (3), que en marzo de 1990, apenas iniciado el Período Especial y aún consternada la dirección política cubana por la salvaje ocupación militar que Estados Unidos ejecutó en territorio panameño, pronosticó lúcidamente sus efectos en el único país socialista del Nuevo Mundo:
"Cuba está viviendo horas de trágica soledad. Horas peligrosas: la invasión de Panamá y la desintegración del llamado campo socialista influyen de la peor manera, me temo, sobre el proceso interno, favoreciendo la tendencia a la cerrazón burocrática, la rigidez ideológica y la militarización de la sociedad".

En otro punto del diapasón de simpatías hacia la isla, Cuba tal vez podrá contar con la incondicional solidaridad de americanos como el brasileño Darcy Ribeiro (4) -tanto más sorprendente si se toma en cuenta que Ribeiro se confiesa y define como una víctima de quienes deciden lo que debe ser leído por los cubanos-, un hombre de letras ubicado a la izquierda que, aún reclamando la necesidad de una actitud cubana "más inteligente, más abierta, más pluralista", proclama que Cuba, con una quincuagésima parte de la población de la América Latina, "es más importante que la totalidad".

Según Ribeiro, la isla es ahora "lo que será la América Latina el día en que sus pueblos puedan asumir sus destinos y se organicen por sí y para sí".
Pero, Cuba debe cambiar, insiste.

UN JUEGO SINIESTRO

Es sabido que bendecida o maldecida, de acuerdo a los extremos de las pasiones que la isla promueve, Cuba es eterna fuente de conflictos a la hora de analizar su posible integración latinoamericana.
Habría que ver, entretanto, qué ocurre con esa otra América.

Bud Flakol (5), por ejemplo, asegura que el subcontinente, a fines de este siglo XX, está sufriendo su segunda conquista.
"Estados Unidos y las multinacionales están comprando a América Latina, sus recursos, su infraestructura industrial y su mano de obra barata -dijo Flakol a Stella Calloni-. Las multinacionales compran las deudas de los bancos con descuentos y luego van a Argentina, Perú, Brasil, a cualesquiera de los países y los cambian al valor nominal y compran así las partes que les interesan de las economías a precios muy bajos. Es un juego siniestro".

¿EL FIN DE LA HISTORIA?

En cuanto a variedad de teorías para salvar la crisis hay superabundancia de soluciones a tomar en cuenta.
Cuba tiene la suya y no se corresponde con las políticas desarrolladas por el resto de la América Latina.
Noam Chomsky (6), muy reputado por sus análisis acerca de las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica, le confesó a la uruguaya María Esther Gillio (7) que la teoría del japonés Fukuyama sobre el fin de la historia... "mueve a risa".

Según Chomsky esta idea -tomada de Hegel- no tiene alternativa en el mundo de hoy.
Fidel Castro, por cierto, parece coincidir con este criterio: uno de sus más fuertes reproches a los políticos soviéticos que se afiliaron a la perestroika es que dejaron destruir la historia de la Unión Soviética.
"El capitalismo ha demostrado ser una catástrofe total.
Basta mirar a América Latina -advierte Chomsky- donde este modelo fue aplicado. Los países que han tenido éxito, económicamente hablando, son los que se acercan al extremo fascista del espectro".

Cuba, un mundo segregado del entorno latinoamericano, ha sobrevivido bajo la amenaza imperial norteamericana y las contradicciones entre grandes potencias, fuerzas que han condicionado su destino, alegan los observadores.
Un análisis de Adolfo Gilly (8), correspondiente a febrero de 1991, afirma que Chomsky no andaba muy desacertado cuando, a raíz de la Guerra del Golfo, aventuró el pronóstico de que, luego de Panamá e Iraq, Cuba podía ser el terreno para el tercer ejercicio de fuerza del gobierno de Bush después del fin de la Guerra Fría.

Y de algo no cabe duda: si alguna pequeña nación descifró con toda claridad, y de inmediato, el mensaje que Estados Unidos envió al resto del mundo con su participación en la Guerra del Golfo, ese mérito pertenece a los cubanos.
El intento franco de intimidación inherente a la aventura norteamericana en el conflicto fue bien interpretado por la dirección política en La Habana.
Esto casi confirma que en la superestructura insular probablemente no haya dirigentes que no estudien con asiduidad la política exterior estadounidense o no devoren informaciones especializadas al respecto.

Es presumible que el núcleo central de los hombres que dirigen el proceso cubano no le suenen ajenos o remotos los análisis de David Halberstam, los consistentes artículos de prensa suscritos por James Petras (9) o las declaraciones apocalípticas de Chomsky.
Evidentes destellos de esto pueden advertirse esporádicamente en las opiniones de los más connotados teóricos del socialismo implantado en la isla.
Sobre todo en los serios empeños de análisis que realizan sus más jóvenes investigadores profesionales, la mayor parte de ellos empeñados en la búsqueda y fundamentación de un nuevo tipo de democracia participativa.

Lo demuestra el hecho de que el Centro de Estudios de América con sede en La Habana, para celebrar su décimo aniversario, haya organizado un Taller Científico con el tema La participación popular en Cuba: los desafíos del futuro, además de un panel para la discusión de La política exterior de Cuba en el Período Especial y la publicación, entre otros, de un libro titulado Participación y desarrollo en los Municipios Cubanos.
O sea, el examen de una democracia a la cubana.

LA TESIS DE GILLY

Sin embargo, aún conscientes de las diferencias entre un sistema y otro, toda la llamada "nomenclatura" de la isla viene insistiendo, desde hace algunos años, en la posibilidad de la integración cubana a su contexto latinoamericano, tomando en cuenta aquello que los une.
Cuba lo necesita. Pero, mientras se abre al exterior, la isla cierra sus fronteras a todo contagio neoliberal y proclama que la única forma de resistencia a un potencial ataque norteamericano -previsto por Chomsky y jamás desechado por Castro- reside en la fórmula de lo que los cubanos han dado en definir como "la guerra de todo el pueblo".

El dramático pronóstico de Galeano parece haberse cumplido lógica e inexorablemente en un país que, para sobrevivir, se endurece ideológicamente. Y si el acoso aumenta, aritméticamente debe multiplicarse ese endurecimiento, según la tradición de la política cubana. La isla sobrevive al borde del peligro.
En febrero de 1991, Adolfo Gilly alertó que doblegar a Cuba y restablecer el orden en El Salvador seguían siendo objetivos políticos norteamericanos aunque ya estos empeños no se vincularan directamente a la resuelta lucha de Estados Unidos contra la supuesta amenaza comunista en América Latina.

Según Gilly, la liquidación del "problema" cubano y la pacificación salvadoreña son inseparables del proyecto norteamericano de dominación regional que incluye la absorción de México, "cualquiera que sea la forma
-política, económica o una combinación de ambas- que esa absorción tome".
Para lograr esa absorción, agrega Gilly, Estados Unidos tendrá que dar esos dos pasos necesarios, o sea, deberá destruir las tradiciones insurgentes salvadoreñas y aniquilar el proceso cubano.

El bloqueo a Cuba, por supuesto, ahora se acopla espléndidamente el plan que Gilly ha denunciado, aunque sus orígenes se fundamenten en otras intenciones.

UN SEGUNDO AIRE

El bloqueo norteamericano es inseparable de la tentativa de aniquilación del gobierno castrista desde hace treinta años. Impuesto cuando a Cuba le resultaba fácil soportarlo en virtud de la asistencia soviética; una vez extinguida la URSS todo es distinto.
No en vano la dirección cubana ha debido ceder, tácticamente, en algunos terrenos sensibles: verbigracia la inversión extranjera y la despenalización del dólar.

Tres años después de proclamado el inicio del Período Especial el presidente Castro aceptó que su Revolución camina "sobre cristales rotos".
Fue así que en los días finales de diciembre de 1993 solicitó al Parlamento una gran cuota de prudencia y exquisitez política a la hora de examinar un conjunto de posibles medidas capaces de contribuir a que el Estado y el pueblo de la isla enfrenten con éxito los rigores de una economía al borde del colapso.
El aire que Cuba necesita es el tiempo que pueda ganarle a la presión creciente de sus propias contradicciones económicas y el simultáneo endurecimiento del bloqueo norteamericano sobre sus importaciones y exportaciones.

El gobierno cubano se debate entre sus posibilidades de evitar el colapso y conseguir ese segundo aire que puede garantizarle un respiro en la continuidad.
La integración a la América Latina, sin ser un factor decisivo para sus soluciones, es sin duda un hecho a su favor en cuanto a impedir el total aislamiento comercial y político con sus más cercanos vecinos.
Económicamente es apenas un paliativo a sus padecimientos pero tampoco puede despreciarse como alternativa dentro de un conjunto.

Cuba, ante todo, según la estrategia de su dirección política, requiere de la comprensión latinoamericana para contrarrestar, en esta región del planeta, el acoso ideológico a que Estados Unidos la somete.

¿SE COTIZAN HOY DIA LOS EJEMPLOS?

El llamado que Fidel Castro hizo a los intelectuales de la isla en diciembre de 1993 a salvar la cultura nacional es, al mismo tiempo, una evidencia de que la cultura es el elemento de mayor fundamento en la voluntad de integración que alientan los cubanos.

La cultura y la historia, desde luego, son complementos esenciales para la mutua identificación de quienes vienen compartiendo un origen. Sobre todo el perfecto accionar de una sobre la otra. La estupenda influencia recíproca del devenir histórico sobre lo cultural y viceversa.
Esa es la gran palanca que puede hacer de Cuba parte inseparable de la América Latina, y que esa América así lo comprenda. La isla, ciertamente, no puede ser capaz de ofrece más que determinados productos comerciales de relativa y oportuna calidad. Su gran riqueza es el intenso, incluso polémico protagonismo, conque aparece en el Libro Mayor de los esfuerzos latinoamericanos para garantizarse una presencia discutible, pero excepcional, a lo largo de una época de históricas singularidades.

En materia de solidaridad e integración, el poeta Cintio Vitier, de mano maestra, reveló la intención cubana de estos días cruciales:
"Se trata de recibir al mundo para entenderlo y abrazarlo más allá de los esquemas gobernantes, y de recibir como hermanos lo que como hermanos, desde nuestra pobreza, tantas veces hemos entregado. Lo que ahora podemos ofrecer es, sobre todo, un ejemplo".
¿Cuántos lo aceptarán como un ejemplo válido para estos tiempos?
Pocos, sin duda. Ni soñar que pueda aceptarlo esa mayoría que, entre otras disyuntivas urgentes, anda en la búsqueda de soluciones para sus propias crisis cotidianas.

A esos, por supuesto, el camino emprendido por Cuba se les antoja demasiado riesgoso, terco, complejo, innecesariamente sacrificado. Hay, posiblemente, sendas más fáciles para alcanzar lo mismo. Y tal vez no les falte razón.
Cuba sigue el rastro a una utopía que, según el clásico optimismo cubano, corre el divino riesgo de que llegue un día a transformarse en realidad.
Ahora con más optimismo que antes -dicen en la Isla- porque ciertos paralizantes resortes de sus compromisos políticos pasados ya no existen.

Resortes que fueron el subproducto político inmediato de una importante alianza con el socialismo de Europa del Este, que a la larga -visto en perspectiva- no fue más que eso: una alianza, con una importancia decisiva en sus orígenes, según el criterio actual de quienes marcan las pautas ideológicas en La Habana.
Luego, las aguas tomaron su nivel, agregan, y Cuba actuó, entonces, con toda la independencia de criterio que podía ejercer. Acaso eso explique las confusiones de sus contradictores -que siempre la acusaron de girar en torno a un centro inamovible- cuando, ante el desplome de la comunidad socialista en Europa, vaticinaron la caída de Castro.

Falló la teoría del dominó.

EL MACHISMO ANTE LA ADVERSIDAD

Detrás de aquella alianza, alegan los heraldos cubanos, lo que existía era toda una tradición histórica muy particular: héroes antillanos de poderoso brazo -los generales Maceo, Gómez y otros-, genios de las más sabias profecías políticas americanas -el poeta Martí-, líderes estudiantiles de un enorme arraigo popular -cual Julio Antonio Mella- y un pueblo vigoroso, exaltado, que nunca se confiesa vencido.

Un pueblo paradójico y grandilocuente, contestatario y oficioso. Criticón y a veces aparentemente vulnerable ante las más ingenuas tentaciones. Fiel, sin embargo, a sus raíces. Defensor fanático de su identidad. Más fidelista que comunista -como suele definirse la mayoría de los cubanos que han hecho posible las tres y media décadas de gobierno castrista- porque Fidel encarna lo profundamente cubano. Incluidas las alternativas machistas ante la adversidad: aguantar a pie firme el chaparrón y no retroceder.

CUBA AGUARDA UN "PROCESO" FAVORABLE

En el examen de la posible integración cubana al entorno latinoamericano algo salta a la visa: Cuba confía más en el resto de América que esa América en Cuba. De eso no cabe duda a nivel oficial, aunque en el contexto latinoamericano esta afirmación parezca una herejía a una minoría vehementemente pro-cubana.
En 1990, el chileno Volodia Teiteilboim (10) -en una Mesa Redonda celebrada en Moscú- dijo que América Latina estaba en vías de afirmar una poderosa personalidad autónoma y comenzaba a desarrollar una óptica propia.

Esa América, según Teiteilboim, tendría que enfrentar el mundo contemporáneo "en un Continente considerado por su vecino del Norte su propiedad inalienable. De ahí el valor defensivo necesario de la conciencia de su autoctonía".
"Detrás de ese proceso de autoconciencia -concluyó el chileno- Cuba toma nota vigorosa y creadora de sus raíces latinoafroamericanas".
Ahora mismo pudiera estar forjándose un instante de cristalizaciones latinoamericanas y es seguro que los cubanos tratan de evitar quedar marginados.

Alfonso Reyes (11), el gran mexicano, se adelantó a anunciarlo en vísperas de la Segunda Guerra Mundial cuando, en su Mensaje a los escritores de Europa, les alertó:
"!Pronto os habituaréis a contar con nosotros¡"
El paraguayo Augusto Roa Bastos fue más exhaustivo en los días finales de los años ochenta:
"Ha llegado la hora de que América Latina enseñe con urgencia a Europa y Estados Unidos algo de lo que ha aprendido a costa de largos esfuerzos".
Cualquiera de los intelectuales cubanos, considerados voceros oficiales del gobierno revolucionario, pudiera suscribir gustoso y satisfecho los llamados de Reyes y Bastos, ninguno de los dos sospechoso de radicales extremismos.

Cuba, sin embargo, se sabe condenada a lograr una hazaña para ser aceptada plenamente en el contexto latinoamericano de donde la expulsaron en los años sesenta. Y lo está intentando. Aunque de hecho coincide con la sabia reflexión de Mario Benedetti:
"En política no hay milagros, en política sólo hay
procesos".
Nadie ha estudiado a fondo esta teoría de Benedetti en cuanto a las relaciones del proceso cultural cubano con el resto de América Latina. Pero puede aceptarse -según Cintio Vitier- "que han seguido rumbos similares desde el siglo pasado hasta el triunfo de la Revolución cubana".

Vitier asegura que cuando José Martí en 1893, a raíz de la muerte del poeta cubano Julián del Casal, sin nombrar a éste se refirió al modernismo ("Es como una familia en América esta generación literaria"), estaba exaltando, con visión política, "lo que otros después olvidarían: que el modernismo significó un movimiento de integración cultural latinoamericana".
Los cubanos, sin duda, tienen una idea de "la originalidad americana" -alerta el poeta y ensayista Vitier- basada en la libertad y la naturaleza como elementos básicos.

No es el primero y no ha de ser el último en afirmarlo. En 1957 José Lezama Lima (12) advirtió en La expresión americana:
"En América dondequiera que surge la posibilidad de paisaje tiene que existir posibilidad de cultura ( ) El valle de México, las coordenadas coincidentes en la bahía de La Habana, la zona andina sobre la que operó el barroco, es decir, la cultura cuzqueña, ¿la pampa es paisaje o naturaleza?, la constitución de la imagen en paisaje, línea que va desde el calabozo de Francisco Miranda hasta la muerte de José Martí, son todas ellas formas del paisaje, es decir, en la lucha de la naturaleza y el hombre, se constituyó el paisaje en cultura como triunfo del hombre en el tiempo histórico".

MARTI EN EL CENTRO IDEOLÓGICO CUBANO

Martí fue el alter ego de quienes ganaron la guerra cubana contra la dictadura de Fulgencio Batista el último día de 1958. Aquellos guerrilleros han envejecido proclamando que no renunciarán al modelo martiano. Han cometido errores desarrollando teorías de ocasión con las cuales pretendieron descabezar leyes inviolables de la vida diaria, categorías filosóficas y económicas, fundamentos probados y enriquecidos por la práctica.

A la hora del recuento, entre las cenizas de las teorías descabelladas que significaron absurdas distorsiones de la realidad, permanece inmutable -como algo sagrado y no contaminado- su devoción por las reflexiones políticas martianas que los más viejos han transmitido a una buena parte de la juventud del país.
Martí, en su gestión patriótica, tuvo siempre una espléndida ventaja: era un innato líder político y fue el precursor de importantes escuelas literarias. Fue también, incuestionablemente, "el más americano de nuestros escritores", como lo definió Juan Marinello.
No era, sin embargo, un caso aislado, José Martí tenía antecedentes -el sacerdote Félix Varela; el maestro Rafael María de Mendive- y una tradición que le incitaba.
Venía de raíces muy comprometidas con la independencia de la isla.
"Lo específicamente americano de nuestros escritores de fundación -afirma Marinello- reside en su esencia militante".
Pero la adjetivación definitoria "militante" no debe asumirse con la connotación peyorativa que, para algunos, tiene en nuestros días. No se trata de fanatismo, terquedad irreflexiva o ausencia de flexibilidad. Marinello la asume como consagración o fervor; también como devoción casi religiosa.

OTROS EFECTOS DEL BLOQUEO

Volviendo, por último, al tema del bloqueo, aunque los intentos cubanos por romperlo no indican que sea una razón decisiva en la necesidad de integración latinoamericana a que la isla aspira, hay que advertir cuánto ha afectado el mencionado embargo a la economía insular.
En el sector de la cultura -acaso uno de los menos perjudicados en lo material- el bloqueo ha significado pérdidas por cerca de 975 millones de dólares.
En la esfera de los medios de difusión masiva (radio y televisión específicamente) la cifra asciende a unos 55 millones de dólares.

Súmese a esto la prohibición de ventas de libros, obras de arte y grabaciones cubanas en territorio estadounidense, que además del daño económico significó una condena al ostracismo cultural cubano frente a un gran mercado potencial.
También afectó la decisión del gobierno norteamericano en torno al necesario intercambio de opiniones entre artistas de Cuba y EE.UU. para confrontar tendencias, líneas de creación y posibles colaboraciones en terrenos muy específicos como la cinematografía, el ballet, el teatro, las condiciones de publicaciones de todo tipo.

CONCLUSIONES PROVISIONALES

El desafío de los años noventa para los cubanos consiste en sobrevivir a las circunstancias difíciles de estos tiempos. Si no lo consiguen, muchos aseguran que la isla será devorada por el expansionismo norteamericano. Y esto puede ser cierto: la anexión no es una entelequia pregonada por algunos grupos de derecha entre los exiliados de Miami. Existen en el territorio cubano evidencias de una corriente anexionista que viene desde el pasado siglo.

Fidel Castro lo sabe. Nadie en la isla conoce como Castro lo que subyace en la historia cubana.
No en vano el éxito político de su guerrilla de los años cincuenta -que fue consolidado por sus sucesivas victorias militares en la Sierra Maestra- consistió en asumir y dar continuidad a tradiciones históricas democráticas, sumergidas pero no olvidadas por la conciencia colectiva cubana.
La búsqueda de una integración latinoamericana forma parte de esas tradiciones. Para muchos la alianza con la Europa del Este fue una acción forzada por las circunstancias. América no sólo está más cerca sino más adentro del corazón de los cubanos.

América es inseparable de su luz familiar y los rumores de su identidad.
Aunque tampoco esta región del mundo pueda ofrecer a Cuba, en lo inmediato, soluciones viables.
Porque también América padece un fin de siglo peligroso y camina, como la isla del Caribe. "sobre cristales rotos".
Se trata, al fin y al cabo, de un destino común que los cubanos confían no puede ser peor que el tiempo ya pasado.

(1) Leopoldo Zea (Filósofo mexicano).

(2) Chalmers Johnson (Analista político norteamericano)

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(3) Eduardo Galeano (Escritor uruguayo)
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(4) Darcy Ribeiro (Antropólogo, profesor y escritor brasileño).

(5) Bud Flakol (Sociólogo y analista político norteamericano).

(6) Noam Chomsky (Lingüista, politólogo y catedrático norteamericano).

(7) María Esther Gillio (Periodista uruguaya. Ganadora del Premio Casa de las Américas con su libro "La guerrilla tupamara".

(8) Adolfo Gilly (analista político del periódico mexicano "La Jornada").

(9) James Petras (Sociólogo y catedrático de la Universidad del Estado de Nueva York).

(10) Volodia Teiteiloboim (Escritor y dirigente político chileno).

(11) Alfonso Reyes (Escritor y poeta mexicano).

(12) José Lezama Lima (Escritor y poeta cubano).

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  • Publicación: Enfoques
  • Número: 2
  • Año: 1994
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