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Lunes, 19 de Febrero de 2018
Política
¿Integración o TLC? Jorge Luis Baños
Controversia sobre el Tratado de Libre Comercio sigue este trabajo de 1994, rescatado de una de nuestras publicaciones.

Fuente de innumerables y divergentes opiniones en medios económicos, políticos y sociales, tanto en la esferas gubernamentales como en el ámbito académico o empresarial de casi todos los países del continente, el Tratado de Libre Comercio es también en Cuba un tema controvertido.

Las autoridades de la isla hasta el momento no se han pronunciado oficialmente sobre el tema, pero el asunto es objeto de reflexiones de muy variados matices en círculos oficiosos, donde los argumentos sobre las posibles ventajas o consecuencias negativa que el TLC pudiera acarrear a la isla en un futuro más o menos mediato no logran inclinar el fiel de la balanza, definitivamente, hacia uno u otro lado.

Cuba, que se debate en la más profunda crisis económica de su historia, empeorada por el bloqueo económico que sobre ella ejerce Estados Unidos desde hace más de tres décadas, entre sus cartas de triunfo para reinsertarse en las relaciones internacionales y salir de la crisis, tiene puestos sus ojos, precisamente, en la integración más estrecha posible a América Latina y el Caribe.
Para algunos analistas las aspiraciones integracionistas de Cuba al continente pudieran sufrir un serio revés con la entrada en escena del TLC, en el cual el protagonismo de Estados Unidos resulta indudable.

Esa, infieren, sería ser la causa del mutismo oficial, que pudiera interpretarse también como una saludable cautela en espera de que los acontecimientos y el mismo desarrollo del Tratado de Libre Comercio despejen las incógnitas.

EL TLC POR DENTRO

Con el TLC se crea el mercado más grande del mundo, con 360 millones de habitantes y una producción anual de siete billones de dólares, y abre las posibilidades para profundos cambios en el contexto económico y social del continente en general y de algunas naciones en particular, pues ha reanimado las esperanzas integracionistas de otros países ya involucrados en negociaciones con México y que esperan obtener el mismo trato. De hecho, el documento incluye una cláusula de acceso para que otros países puedan sumarse al acuerdo trinacional.

Chile, con un acuerdo económico con México vigente desde 1992 parece colocarse a la vanguardia, en un camino que esperan seguir Venezuela y Colombia, países que lograron con México un acuerdo que entrará en vigor a mediados de 1994, muy semejante al TLC.
Los países centroamericanos, involucrados ellos mismos en una integración regional y en negociación comercial con México pueden ser los siguientes.
La conformación de bloques regionales, en la que los acuerdos suramericanos con el Pacto Andino y el Mercosur son un buen ejemplo, son elementos que facilitarían lo que puede ser un mercado común americano, con más de 800 millones de consumidores potenciales.

Pero el TLC evidencia también las notables desigualdades entre sus miembros.
Por ejemplo, México participa en él con un tres por ciento del producto interno bruto, Canadá con el 11 por ciento y
Estados Unidos con el 86 por ciento.
En México, el salario mínimo, uno de los más bajos del mundo, es de apenas cuatro dólares la jornada diaria, mientras que el de los estadounidenses y canadienses es ocho veces superior.
Según estadísticas independientes, el ingreso per cápita promedio anual de los mexicanos es de unos tres mil 800 dólares, muy lejano de los más de 20 mil dólares que reciben sus socios comerciales de Canadá y Estados Unidos.

Para México la aprobación del TLC representa el desafío más grande del año, -si exceptuamos los inesperados acontecimientos armados del estado de Chiapas- y de primera prioridad, con la vista puesta en lograr a mediano plazo incrementar la confianza de los inversionistas extranjeros, la creación de millones de nuevo empleos, estabilizar la cooperación en temas como el narcotráfico, la inmigración y el petróleo y, en general, afianzar las relaciones con su principal socio comercial.

Por otra parte, la administración de Salinas ha logrado reducir las amortizaciones de la deuda externa, muestra un superávit presupuestal y ha incrementado las reservas internacionales a 23 mil millones de dólares.
Pero para la nación azteca la aprobación del TLC también abrió las interrogantes sobre en qué plazo y hasta donde llegarán los efectos positivos para la gran mayoría de la población, golpeada por 13 años de ajustes económicos.
Los analistas económicos auguran que los primeros impactos positivos se reflejarían en las grandes empresas, la bolsa y en los flujos de inversión extranjera, pero no irán directamente a los sectores empobrecidos, que componen cerca del 50 por ciento de los 85 millones de mexicanos.

DE VUELTA A LAS RAÍCES

Cuba es una ferviente partidaria de la integración continental. Y no de ahora.
No se debe olvidar que el alejamiento de los últimos 30 años del concierto latinoamericano obedeció ante todo a la política patrocinada por Estados Unidos, mientras que su inclinación latinoamericana ha sido expresada por los cubanos a lo largo de toda su historia.
Sin olvidar a los próceres de la independencia y hurgando más en el presente, basta recordar que en fecha tan lejana como 1959, a pocos días del triunfo revolucionario, Fidel Castro expresó a un grupo de periodistas extranjeros: "un sueño que tengo en mi corazón y que creo lo tienen todos los hombres de América Latina, es ver un día a la América Latina enteramente unida..."

Incluso, a mediados de la década de los 70, cuando la isla se incorporó al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) del cual formaban parte la Unión Soviética y el resto de los países socialistas de Europa, las autoridades de la isla expusieron claramente su intensión de, en el momento más propicio, pasar a formar parte de la comunidad latinoamericana de naciones, su ámbito histórico, político y económico natural.
Si ese era el deseo y la aspiración de los cubanos, los acontecimientos de los últimos años, que dieron al traste con el socialismo en Europa y de paso hicieron pedazos al CAME, han convertido en una necesidad perentoria la reinserción de la isla en el ámbito latinoamericano y caribeño, sin que esto deba ser interpretado como una salida de emergencia para la difícil coyuntura actual.

Ahora, cuando los vientos integracionistas soplan con más fuerza, parece ser un momento oportuno para andar ese camino, todavía largo y lleno de obstáculos para todos.
Quizás el mayor escollo sea la permanente hostilidad de Estados Unidos, nación cuyo enorme peso e influencia en las relaciones interamericanas pudiera reforzarse con la creación del TLC, aunque las diferencias de puntos de vista entre su gobierno y los del sur son cada vez más evidentes, sobre todo en lo tocante al tema cubano.

Para las naciones latinoamericanas -y así lo expresaron en la Cumbre de Guadalajara (México) y lo reforzaron en Salvador de Bahía (Brasil)- la integración es posible, e incluso tiene como prerrequisito, la admisión de la pluralidad política y económica, la cual sólo existiría realmente si se considera y respeta el modelo de desarrollo cubano.
Estados Unidos, en cambio, ha exigido siempre una transformación absoluta del sistema político y económico de la isla incluyendo la desaparición de Fidel Castro del poder, como pasos indispensables para la reincorporación de la isla al continente. La administración Clinton, ha suavizado el tono de sus exigencias, pero la esencia ha permanecido casi inalterable.

La negativa norteamericana de que Cuba reingrese en la Organización de Estados Americanos (OEA) es el ejemplo más ilustrativo de su corrosiva influencia en la toma de decisiones por una parte de las naciones del área.
En contraste, el presidente cubano ha llevado a las cumbres iberoamericanas una posición muy flexible al enfatizar que Cuba está dispuesta a discutir sobre cualquier tema con las naciones latinoamericanas para limar diferencias y fortalecer los elementos de convergencia.

Y esto no ha sido sólo retórica, pues las palabras han ido acompañadas por una serie de propuestas y pasos concretos.
Entre ellos figuran la búsqueda de soluciones a la deuda que la isla tiene con algunas naciones latinoamericanas, que incluye negociaciones flexibles para hallar nuevas formas de pago razonables y aceptables para todos.
También le ha brindado al capital latinoamericano ciertas preferencias para fomentar proyectos de empresas de capital mixto en prometedores sectores económicos y se avanza hacia nuevas modalidades de intercambio compensado o en la creación de empresas comercializadoras.

La propuesta cubana también privilegia la colaboración en salud pública, campo en el que la isla se halla en la vanguardia mundial, con programas de asistencia en higiene y epidemiología, transferencia de técnicos quirúrgicos y calificación de profesionales.
La isla también ha propuesto brindar su aporte en biotecnología y productos médicos de alta tecnología en los cuales ha logrado importantes avances en los últimos años y brindar servicios médicos de alta calidad a mucho menor costo que en cualquier nación desarrollada.

En las esferas del turismo, industria azucarera, materiales de construcción, pesca, cítricos y otras se ha avanzado en diferentes modalidades de cooperación y colaboración económica considerando los beneficios mutuos que se derivan de estos proyectos tanto a nivel empresarial como gubernamental.
Durante 1993 se apreciaron avances sustantivos en esta activa política que la isla ha desplegado en los últimos años, como, por ejemplo, el restablecimiento de relaciones con Colombia, en octubre último; la creación de la comisión conjunta Cuba-CARICOM, y la segura incorporación de la isla a la Asociación de Estados Caribeños, que se concretará a mediados a 1994.

Las relaciones diplomáticas entre la mayor de las Antillas y Colombia fueron reiniciadas luego de haber permanecido suspendidas desde inicios de 1981, aunque se mantenían nexos a nivel consular y comercial y una fluida comunicación entre las más altas esferas de los dos gobiernos.
El 13 de diciembre, en rueda de prensa en Bogotá, Roberto Robaina, Ministro de Relaciones Exteriores de la isla, calificó de momento importante el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Colombia sino por la manera como se deben profundizar esos vínculos.

Ese día ambos estados ratificaron por medio de sus respectivos cancilleres un convenio de Cooperación Económica y Científico Técnica, que permitirá viabilizar y optimizar los acuerdos y proyectos existentes entre los dos países, al tiempo que facilitará el intercambio de especialistas y científicos, la concesión de becas de estudio, el uso de instalaciones y equipos y el intercambio de información y cooperación técnica.
En la misma fecha, en Georgetown, capital de Guyana, el Ministro de Comercio Exterior Ricardo Cabrisas, firmó el acuerdo constitutivo de la Comisión Conjunta Cuba-CARICOM, paso de enorme importancia para lograr una mayor integración de la isla en las economías de la región.

El intercambio comercial de Cuba con los países del CARICOM aunque se ha casi quintuplicado en los últimos tres años, tiene aún una participación muy reducida en el comercio total, pero Cuba casi el doble de consumidores de la comunidad anglocaribeña, cuenta con un mercado cuyas potencialidades para el desarrollo del comercio son significativas, aún en medio de las serias limitaciones económicas en que se encuentra la isla.
Sólo cubrir las necesidades por 400 millones de dólares; significaría en 1995 importaciones por 400 millones de dólares; la apertura de un mercado interno en divisas como resultado de la libre circulación de algunas monedas extranjeras, que se calcula en 1994 en 500 millones de dólares, y la cercanía geográfica de los países del área, son algunas de las posibilidades que hacen de la mayor de las Antillas un punto de atracción para los empresarios caribeños.

Cuba, por su parte, encuentra mercado en países del CARICOM para sus producciones de barras de acero, cemento, cítricos, sal, tabaco y mariscos, entre otras, y las potencialidades se amplían, sobre todo en partes, piezas y equipos para la agroindustria azucarera y en rubros no tradicionales, como los de la ingeniería genética y la biotecnología, de la industria médico farmacéutica y de equipos médicos de alta tecnología.
La Asociación de Estados del Caribe agrupará a 38 países de la cuenca y las islas antillanas.

La idea, ambiciosa pero impostergable, había sido propuesta en 1992 por la Comisión de las Indias Occidentales, instancia consultiva de la comunidad anglocaribeña CARICOM, la cual recomendó articular un organismo más complementario a nivel continental para ampliar las posibilidades del limitado grupo de las excolonias británicas.
Durante la cumbre anual del CARICOM que se realizará en julio en Barbados, los 38 gobernantes de los países involucrados firmarán la constitución de esa entidad, que entre otras prerrogativas podrá coordinar estrategias políticas, económicas, culturales y ecológicas para toda la región del Caribe.

Por otra parte las autoridades cubanas han dejado claro en más de una ocasión que el sistema político, las formas de gobierno, los mecanismos de elección que aseguren una real y efectiva participación de todo el pueblo en la vida política son decisión soberana de cada país.
Muchos en el área plantean como un prerrequisito para una mayor integración la necesidad de cambios por el gobierno cubano en lo que a democracia se refiere y aún cuando subvaloran las transformaciones que la isla ha llevado a cabo recientemente en esa materia, no cabe duda que tales cambios, acordes con las necesidades de mejoramiento del gobierno cubano solicitadas por los propias cubanos, también representan importantísimos pasos en esa dirección, mucho más cuando han sido dados en medio de una crisis económica sin precedentes en la historia de Cuba, lo que de paso confirma la base social con que cuentan gobernantes de la mayor de las Antillas a pesar de los múltiples problemas que aquejan a la sociedad cubana.

¿INTEGRACIÓN SI O NO?

Sin embargo, cuando se habla de integración se puede caer en un error de apreciación, pues no es lo mismo la integración que desea y promueve Cuba, que aquella a la que poco a poco se van acercando la mayoría de los gobiernos latinoamericanos.
En tal sentido dentro de la misma Cuba ha contribuido a ese margen de error la propia prensa cubana, que casi sin excepción siempre califica como bueno todo lo que lleva el rótulo de integración, sin tener en cuenta las notables diferencias de enfoque existentes entre lo que unos gobiernos y otros entienden sobre ese asunto, y a que intereses responde.

La integración económica, en líneas generales, incluye el acercamiento y complementación de las economías nacionales, proceso en cuyo desarrollo puede haber notables grados de complejidad. La creación de zonas de libre comercio es uno de sus estadios primarios.
Con dos momentos bien definidos, uno en la década de 1960 y el más reciente y actual, iniciado en los años 80, el proceso integracionista en su primera etapa ocurrió al calor de una cierta expansión de la economía de América Latina, durante la cual la mayoría de los gobiernos promovieron una estrategia de industrialización hacia adentro, apoyada en el mercado interno.

Incluso planteó una política encaminada a regular la inversión extranjera y un trato preferencial a los países menos desarrollados del área. Concedía un importante papel al estado, establecía un arancel externo común alto, y era, obviamente, un proyecto proteccionista.
La de 1980 es, por el contrario, una apertura grande al mercado externo con un modelo de desarrollo hacia afuera, una equiparación en el tratamiento al capital nacional y extranjero, con predominio del sector privado y rebaja acelerada de aranceles.

El proyecto de los 60 adolecía de serias limitaciones que radicaban en la propia estrategia de desplegar una industrialización fundamentada en la producción de medios de consumo, pero en la cual nunca se cumplió el imprescindible paso de que se desarrollara una base industrial fabricante de medios de producción.
Esta falta de autosostenimiento condujo a un fuerte endeudamiento por la reducción de los precios en el sector exportador de materias primas, el único que podía aportar las divisas para adquirir el equipamiento necesario.

Los pactos de integración (Andino, ALALC, Mercado Común Centroamericano, etc.) responden a este modelo desarrollista.
Según algunos analistas económicos, esa contradicción generó problemas económicos y sociales que implicaron una fuerte lucha entre la burguesía industrial, el movimiento popular y el sector más transnacionalizado de la burguesía, el cual en definitiva logró imponer su proyecto, que en resumen condujo al neoliberalismo.
País por país y de diferentes formas, fue implantándose en todos; en unos mediante golpes militares y en otros por la vía política tradicional.

Pero el neoliberalismo no es sólo una propuesta económica, sino un proyecto político y social.
Prácticamente es una refundamentación del capitalismo en América Latina sobre nuevas bases, con un evidente retroceso de los intereses de grandes conglomerados sociales, aún cuando en el orden de los resultados macroeconómicos, en los últimos años ha logrado cierta estabilización en algunos índices.
Desde el punto de vista de la integración, busca aglutinar a determinadas fuerzas para negociar en mejores condiciones su subordinación al capital transnacional. Los actores de tal integración no son las masas populares, ni los estados, sino los capitales.

No obstante, la integración, vista como un proceso autónomo, es necesaria a América Latina, pero hoy tiene una ambivalencia, porque el proceso se subordina al capital internacional. Sin embargo, para avanzar en sus intereses el continente requiere la integración. Para ello tendría que articularse un proyecto, aún dentro del capitalismo, que respondiera a los intereses nacionales.
Para América Latina el Tratado de Libre Comercio, diseñado por Estados Unidos constituye indiscutiblemente una propuesta de integración en la que estaría también Estados Unidos.

Pero la presencia del gigante norteño, al tiempo que constituye un enorme atractivo aunque sólo fuera por lograr el acceso al insaciable mercado estadounidense, constituye un peligro no sólo por la desventajosa competencia que supone la puja entre la superdesarrollada industria norteamericana y la emergente manufactura latinoamericana, sino, sobre todo, por la subordinación política que a la larga podría acarrear el TLC ante socios tan desiguales, mucho más teniendo en cuenta la tradicional inclinación norteamericana a imponerse por la fuerza.

En cuanto a Cuba, las relaciones hay que verlas en dos sentidos, uno es el vínculo económico con América Latina, y otro la integración, entendiendo esto como la participación de la isla en los acuerdos que existen.
La posibilidad de que el país forme parte de un proyecto de integración como el TLC es muy limitada, puesto que la economía cubana se mueve todavía en una lógica totalmente diferente a la de las restantes economías del área, a pesar de que hace esfuerzos por insertarse en las relaciones internacionales, a lo que se suma, para empeorar la situación, el factor político, con la constante renuencia de Estados Unidos a que la Mayor de las Antillas protagonice una efectiva reincorporación a su medio geográfico y político natural.

Sin embargo, su participación en agrupaciones subregionales como es el caso de la Asociación de Estados Caribeños, constituye una posibilidad real y es ya prácticamente un hecho.
Y, por qué no, a tono con el cambio de percepción que la mayoría de los gobiernos latinoamericanos ha ido asumiendo hacia la isla en los últimos años, la integración de Cuba a la AEC pudiera ser, también, el necesario antecedente para su futura incorporación a la comunidad continental.
La colaboración y concertación de vínculos económicos, un proceso importante pero lento durante casi tres décadas, después de la caída del muro de Berlín ha alcanzado un dinamismo inusitado.

Las relaciones económicas deben continuar creciendo. En este sentido, obedeciendo a las aspiraciones integracionistas de Cuba, pero sobre todo por la necesidad de reestructurar todo su comercio exterior luego de la desaparición del campo socialista europeo, las autoridades cubanas han lanzado una notable ofensiva.
Así, mientras en fecha todavía tan cercana como 1987 el comercio con América Latina representaba sólo un insignificante dos por ciento dentro de todas las importaciones y exportaciones de Cuba, en 1990 constituía el siete por ciento de las exportaciones e idéntico porcentaje en las importaciones.

Sin embargo, ya en el año recién concluido, el 14 por ciento de las ventas de Cuba fueron dirigidas al continente latinoamericano, mientras que de esta región procedió nada menos que el 47 por ciento de las importaciones, con lo que se convirtió en la principal zona geográfica abastecedora de la isla, seguida por Europa -especialmente los países de la Comunidad Europea-, con el 38 por ciento.
Este esfuerzo es aún más notable si se tiene en cuenta que la economía cubana no es complementaria de la latinoamericana, sino competitiva, no obstante haber desarrollado en los últimos años algunas ramas en las cuales podría participar en el mercado latinoamericano, como los productos de la biotecnología, medicamentos y equipos médicos de avanzada tecnología, si no fuera porque ese mercado está copado por las grandes transnacionales de esas ramas con las cuales la isla tiene que lidiar en una competencia verdaderamente difícil.

OPINIONES DIVIDIDAS

Que los efectos del TLC son aún imprevisibles se refleja en la gama de opiniones que ha generado.
El presidente William Clinton dijo que el tratado ayudaría a afirmar el liderazgo de Estados Unidos en la economía mundial, así como a crear nuevos empleos en el país, y anunció que dirigirá su atención hacia las otras democracias latinoamericanas orientadas hacia el mercado para que se unan a lo que calificó como un "gran pacto americano..."

El presidente mexicanos Salinas de Gortari comentó que no deben esperarse efectos inmediatos y que estos se verán a mediano plazo.
Según PL, la opinión más cautelosa fue la del primer ministro de Canadá Jean Chretien, quien se limitó a persistir en la necesidad de ciertos cambios al tratado que precisen lo que constituye competencia desleal con bienes con precios por debajo del costo, así como un mecanismo más efectivo para solucionar disputas y el mismo tipo de protección para la energía eléctrica de Canadá que la obtenida por México en este acuerdo.

Para opositores al tratado, como la sindicalista Red Mexicana de Acción frente al Libre Comercio (RMALC), la entrada en vigor del pacto comercial significará un mayor desempleo en el campo y en la industria, mientras el Partido socialdemócrata (PSD) lo catalogó como puerta para la anexión económico-política de México a los Estados Unidos.
En cambio Gert Rosenthal, Secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), señaló que el TLC no surtirá efectos dramáticos a corto plazo en la región.

Rosenthal indicó que su aprobación constituye "una nota de aliento porque significa que en los Estados Unidos prevaleció la visión de una economía internacional integrada, por encima del aislacionismo".
El representante de la CEPAL en Washington, Issac Cohen, consideró que la votación de la Cámara es "una señal de que América Latina va a tener respuesta a sus esfuerzos de liberalización unilateral y que no va a encontrar proteccionismo en su principal socio comercial".

En idéntico tono el canciller ecuatoriano Diego Paredes, coincidió al opinar que la aprobación del TLC es el apoyo más consistente que ha recibido la región sobre el difícil proceso de apertura que desarrolla y establece las bases para un tratamiento justo en las relaciones con Estados Unidos.
En cuanto a Cuba, los pro y los contra también se multiplican.
Algunos estudiosos de los temas económicos ven la puesta en marcha del Tratado de libre comercio como una prueba más de la mala suerte que acompañó a los cubanos a todo lo largo de 1993.

En tal sentido, a la lista de catástrofes naturales, dificultades económicas, epidemias y otros males que afectaron a la isla, el TLC sumaría como un obstáculo más -y prácticamente insalvable- para el logro de una reinserción efectiva de Cuba en las relaciones internacionales, que es apreciada por muchos como fundamental para que La Habana pueda superar la gravísima crisis que enfrenta desde hace tres años.
En ese orden de cosas el TLC supondría, por decirlo así, cierto alejamiento de quienes hoy son prácticamente los dos principales socios comerciales de la isla en el área, México y Canadá, atareados en lograr una tajada lo mejor posible en la repartición del mercado continental.

Según las mismas opiniones, Estados Unidos aprovecharía su posición prominente dentro del TLC para presionar a sus socios a aplicar medidas a tono con el embargo norteamericano contra la isla o, al menos, conseguir que ambas naciones se abstengan de continuar impulsando las relaciones comerciales y económicas que han florecido en los años más recientes con la participación lenta, pero creciente de capitales canadienses y mexicanos en la economía isleña.
Por añadidura, las presiones del gobierno estadounidense pudieran dirigirse también hacia el resto de las naciones del continente, exigiéndole a éstas el endurecimiento de sus posiciones hacia Cuba tanto en lo político como en lo económico, a cambio de la anhelada incorporación al TLC.

Sin embargo, otros especialistas cubanos manifiestan criterios radicalmente opuestos.
Por ejemplo, Carlos Alzugarai, asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, aseguró al referirse al tema, que un ejemplo de que el Tratado de Libre Comercio no tiene por qué influir negativamente sobre Cuba son las relaciones con Canadá.
Washington y Ottawa firmaron el Acuerdo de Libre Comercio desde hace tiempo y sin embargo, el intercambio con Cuba no ha estado sujeto a ninguna presión o a las disposiciones y restricciones que existen en Estados Unidos en cuanto a sus relaciones con la isla.

Así, Canadá compra unos 500 mil toneladas de azúcar a la isla, a pesar de que en Estados Unidos está prohibida la venta de productos que contengan azúcar cubano. Y esas compras no han disminuido con la incorporación del Canadá al TLC.
Este criterio parece confirmarse con manifestaciones muy recientes de importantes personalidades canadienses.
En los últimos días de diciembre, el nuevo gobierno del primer ministro liberal Jean Chretien manifestó su rechazo al bloqueo norteamericano contra Cuba y previó que podría reanudar la ayuda oficial a la isla.

"Nuestra posición es de mantener una relación con Cuba y no seremos víctimas de una política de Estados Unidos que nos impide comerciar con la isla" afirmó la Secretaria de estado para América Latina y Africa, Christine Stewart.
En declaraciones a la prensa Stewart manifestó que, incluso, la administración de Chretien podría restablecer programas de ayuda económica a la isla interrumpidos en 1977 por el anterior gobierno liberal de Pierre Trudeau, a raíz de la asistencia militar de Cuba a Angola.

Más recientemente, el Primer ministro de la provincia canadiense de Nueva Escocia, John Savage, visitó a Cuba al frente de un numeroso grupo de empresarios de esa región, quienes desplegaron un intenso programa de encuentros con importantes figuras del gobierno cubano con el propósito manifestó de tantear las posibilidades para reforzar la presencia canadiense en la economía cubana mediante la creación de nuevas empresas de capital mixto, ampliar el comercio e incrementar la afluencia de turistas hacia la isla.

En opinión de otros especialistas el TLC, contrario a lo que algunos pensaban, ha catapultado hacia la isla capitales de medianas y pequeñas empresas que quizás no podrían soportar la competencia en un mercado libre como el propuesto por el tratado y que, sin embargo, serían muy bien recibidas en Cuba, necesitada de dinero fresco, tecnología y materias primas para reactivar una parte considerable de su parque industrial.
Asimismo el TLC, por su principios de libre comercio, pone en solfa la política de bloqueo de Estados Unidos hacia la isla.

De igual manera, el comercio de otras naciones de América Latina con el conglomerado que ahora forman Estados Unidos, Canadá y México, podría verse afectado a mediano plazo y éstas podrían volver sus ojos hacia Cuba como posible fuente de inversión de capitales e intercambio comercial.
En el orden político podrían también desprenderse algunos efectos secundarios favorables a la isla. Es conocido que las fuerzas conservadoras de la comunidad cubana en el gobierno estadounidense votaron en contra del TLC, es decir, en contra de Clinton. Esto podría contribuir a un cierto distanciamiento entre la Casa Blanca y las figuras y organizaciones más conservadoras de la isleña.

En el caso de México, las propias autoridades de la nación azteca se han encargado de poner algunos puntos sobre las ies.
México es en estos momentos uno de los principales alentadores de la creación de una zona de libre comercio entre las naciones del Caribe y América Latina, que prevé la participación de Cuba, según dijo el canciller Fernando Solana a las embajadores mexicanos acreditados en la región, en reunión sostenida con los diplomáticos en noviembre último.

Versiones de los propios embajadores afirman que el canciller les pidió alentar proyectos de coinversión con las naciones de la región ya que, "precisamente a través de coinversiones y el intercambio comercial es como se avanzará hacia la integración".
Cada vez hay mayor prioridad para México en América Latina y el Caribe, dijo el embajador especial para Centroamérica y el Caribe, Mario Moya Palencia quien indicó: "que quede claro: el TLC no nos hace perder nuestra identidad, ni responsabilidad como país latinoamericano".

Por su parte, la embajadora de México en Cuba, Beatriz Paredes, afirmó el 20 de diciembre durante un diálogo con diplomáticos extranjeros y académicos cubanos, en La Habana, que el Tratado de Libre Comercio no supone nada más allá de un acuerdo eminentemente comercial, sin que ello implique transformaciones de índole política.
Pensar que el TLC puede tener implicaciones que sobrepasen el tema puramente económico es sobrestimar este acuerdo, aseguró.
Al respecto, la diplomática argumentó que cada país signatario del TLC no tiene por qué aceptar las condiciones que pudieran poner los demás miembros en cuanto a las relaciones con otras naciones o sus proyecciones de política exterior.

En tal sentido aseguró que para México el TLC no supone ningún tipo de cambios en su política tradicional hacia Cuba; de lo contrario -dijo-, también se podría inferir que Estados Unidos tendría que variar su tradicional política hacia Cuba por incorporarse al TLC.
Por lo pronto, el Tratado de Libre Comercio apenas comienza a dar sus primeros balbuceos y pasará bastante tiempo aún hasta que puedan apreciarse con nitidez sus efectos, incluso sobre los países directamente involucrados en él.

Pero resulta evidente que surtirá determinados efectos, que plantearán necesariamente una readecuación de políticas y proyectos a las nuevas situaciones.
Cuba, por ser un país de economía abierta, por aspirar a tener una integración cada vez mayor al área natural el TLC se desarrollará, e incluso, por tener hasta hoy relaciones casi diametralmente opuestas con Estados Unidos de una parte y Canadá y México de la otra, no estará ajena, ni mucho menos inmune, a las influencias que el TLC pueda ejercer sobre la economía y la política de las naciones de la región.

Pero en todo caso, si bien sería falsamente optimista pensarse que el tratado podría convertirse en una panacea, tampoco son dignos de total consideración los augurios de quienes ya casi identifican al TLC como lo último que faltaba para arruinar definitivamente a la isla.
Eso sí, el TLC planteará nuevos retos a Cuba, como ya se los está planteando al resto de las naciones latinoamericanas e incluso a los tres gobiernos firmantes del acuerdo.

El futuro indicará hacia que lado se inclinará el fiel de la balanza.

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  • Publicación: Resumen Económico
  • Número: 4
  • Año: 1994
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