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Sábado, 26 de Mayo de 2018
Huracanes: retos de la naturaleza - IPS Cuba
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Huracanes

retos de la naturaleza

Entre el 30 de agosto y el 8 de noviembre de 2008 tres huracanes azotaron Cuba: Gustav, Ike y Paloma. Los daños ocasionados se calcularon en más de 10.000 millones de dólares. Sin embargo, las estadísticas no hablan de la pérdida de las fotos de familia, los juguetes de los niños o los libros acumulados durante toda la vida. A más de tres años del desastre, IPS Cuba rescata la memoria de aquellos días e inaugura con este especial multimedia su proyecto de comunicación sobre cambio climático en el Gran Caribe: Retos de la naturaleza.

Desde el ojo del huracán

Desde el ojo del huracán

Dalia Acosta

BANES, Cuba, dic (IPS) - El café ya estaba listo, la documentación evacuada y los equipos de comunicación apagados y el de óptica asegurado. Sin otra cosa que hacer excepto esperar, el cubano Miguel Chacón subió los 218 escalones de la torre del faro de cabo Lucrecia y se puso a mirar el mar.

"Ya oscureciendo, vi en el horizonte una nube negra y pensé: 'qué bajitas están'. Pero ahí fue que me di cuenta y dije: '¡pa' su madre, ese es el mar!'. Y todo aquello se vino contra la costa", cuenta este farero de 63 años, un hombre que tuvo el privilegio -si se le puede llamar así-- de ver cómo el ojo del huracán Ike entraba el 7 de septiembre por el oriente de Cuba.

"La torre se sentía como una botella en el agua. Serían como las 9 de la noche cuando el mar comenzó a entrar y a romper los cristales. El faro retumbaba. Yo pensé que la torre se partía al medio conmigo adentro", añade Chacón en conversación con el periódico cubano Ahora y con IPS.

Inaugurado en 1868 para guiar a las embarcaciones en una costa baja rodeada de arrecifes y declarado monumento local en 1995, el faro de cabo Lucrecia resistió firme la fuerza del mar y los vientos de más de 195 kilómetros por hora que trajo el ciclón a su entrada en esta isla del Caribe.

Ike fue el segundo de tres huracanes de gran intensidad que azotaron Cuba en la temporada ciclónica de este año y dejaron a su paso un paisaje totalmente devastado, pérdidas económicas estimadas en unos 10.000 millones de dólares y más de dos millones de personas sin una vivienda adecuada a donde regresar.

"Después del ojo, vino la peor parte. El viento no me dejaba vivir. También sentía las piedras del mar chocando contra la torre, cada vez con más fuerza, parecía que se estaba acabando el mundo o cayéndose el faro, que era casi lo mismo. Me dije 'que sea lo que Dios quiera' y me dormí en la ventana", cuenta Chacón.

Cambios en el paisaje

"Los árboles quedaron sin una hoja. Todo se veía rojo. Era algo que nunca había visto en mi vida", narra Mariela Bermúdez, una mujer de 48 años que está segura de haber sentido la racha de vientos de 261 kilómetros por hora que registró el radar sobre la ciudad de Banes, en la oriental provincia cubana de Holguín.

Aunque la naturaleza empieza a recuperar su verdor, las huellas de Ike se observan en todo el camino montañoso. La imagen de las casas destruidas alterna con verdaderos cementerios de palma real (Roystonea regia), una especie protegida en Cuba por su valor paisajístico y también como nido de aves.

Más de 133.000 ejemplares de la llamada "reina de los campos" fueron dañados durante el paso del huracán sólo en la provincia de Holguín, según una valoración preliminar de impacto ambiental realizada en septiembre pasado por especialistas del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma).

El Parque Nacional Alejandro de Humbolt, compartido por las provincias de Holguín y Guantánamo, muestra el impacto de Ike en unas 5.000 hectáreas de bosques, ecosistemas y asentamientos poblacionales. En el también holguinero Parque Nacional Pico Cristal, la extensión del desastre natural alcanza las 2.900 hectáreas.

El ecosistema costero fue uno de los más afectados por el impacto de las penetraciones del mar que, en algunas zonas, alcanzó hasta un kilómetro y medio tierra adentro. La marea de surgencia perjudicó varios kilómetros de diferentes especies de corales, típicas formadoras de arrecifes y disipadoras de la energía de las olas.

La furia del mar limpió la costa de casi toda su vegetación. A la severa afectación de la manigua costera, se le suman la pérdida de especies endémicas, daños al nicho ecológico del camarón rojo (Barburia cubensis), a los estuarios y a miles de hectáreas de bosques naturales y establecidos, así como la pérdida de suelos fértiles.

Las huellas de Ike quedaron en cada árbol y sembradío, en la corta distancia que separa Banes de cabo Lucrecia, y en cada casa de la capital arqueológica de Cuba, conocida así por los descubrimientos realizados donde alguna vez estuvo "Baní", la comunidad de mayor desarrollo en la isla a la llegada de los conquistadores españoles.

"Nosotros no creíamos en el huracán. Ahora no hacemos otra cosa que pensar en la necesidad de modificar nuestros proyectos constructivos. Tenemos que hacer casas más seguras porque la vivienda se recupera fácil, lo que no se recupera es lo que estaba adentro", dijo a IPS Orlando Velázquez, vicepresidente del gobierno municipal.

Siete de cada 10 viviendas sufrieron algún tipo de daño en este municipio oriental de 80.600 habitantes. Cifras oficiales indican que Ike destruyó 4.045 casas y dejó otras 3.656 sin techo, afectando fuertemente a la típica y antigua vivienda de madera y cubierta ligera, la más común en toda la zona.

Más de 5.000 casos, sobre todo de afectación parcial de techos, han sido resueltos en el municipio con el apoyo estatal y se trabaja para sustituir las más de 4.000 viviendas destruidas por otras de mampostería y placa o para que, al menos, cada casa tenga una habitación con estas características.

"No me puedo imaginar cómo habrá sido en cabo Lucrecia", comenta Bermúdez. A tres meses del paso de Ike, esta holguinera sigue sin poder dormir cada vez que empieza a llover: "sólo pienso en mi mamá". "El ciclón le movió las tejas y ella dice que muere allí. Cualquier agua fuerte o el primer vientecito puede ser un peligro", añade.

A ras del suelo

Con una altura de poco más de un metro, como si apenas fueran un techo a dos aguas colocado sobre la tierra y pensados para guardar herramientas de trabajo y la cosecha, los "varentierra" fueron los verdaderos sobrevivientes de los huracanes que azotaron este año Cuba y, en muchos casos, el refugio seguro de alguna que otra persona.

"Tan bajo no pasa el ciclón", se cuenta en los campos de la isla y parece ser verdad. Pero estos pequeños ranchos pueden ser una opción segura mientras la lluvia no sea demasiado intensa y en zonas alejadas de la costa, ríos y embalses, no vulnerables a inundaciones de cualquier tipo.

Nunca sería una salida en Cabo Lucrecia donde el mar desenterró restos de azulejo, botijas, posibles jarras de aceite, canecas y ladrillos, entre una amplia gama de material arqueológico de la época colonial, probablemente vinculado a las diferentes etapas de desarrollo de faro y a la casa del farero.

Al amanecer del 8 de septiembre, Miguel Chacón bajó de la torre para ir hasta la casa, que la encontró sin puerta y casi sin nada. Los colchones estaban enredados en la vegetación, pero la comida sí era irrecuperable. Cuando dos días después decidió visitar a su familia, tuvo que abrirse el paso a hacha y machete.

Camino a casa de su hija, Chacón escuchó su propia leyenda. A kilómetros de distancia de Banes, corría de boca en boca la historia de un hombre que se había vuelto loco porque había decidido quedarse solo en el faro de cabo Lucrecia y, en el momento de la entrada de Ike, había visto una bola de candela avanzar hacia él.

"Lo que pasa es que la gente habla mucho y le gusta inventar. Yo no vi ni candela ni salí gritando. Lo único que dije fueron dos cosas en toda la noche: pa' su madre y qué sea lo que Dios quiera. To' el que diga que yo salí por ahí gritando, es mentira", dice el primer cubano que se encontró con Ike. (FIN/2008) 

En Gibara tembló hasta el arrecife

En Gibara tembló hasta el arrecife

Dalia Acosta, enviada especial
 GIBARA, Cuba, dic (IPS) - Pasarán los años y los hijos de los hijos se preguntarán cuánto de cierto había en la historia de los abuelos. Parecerá leyenda la familia que vio subir el agua del mar a su apartamento en un segundo piso, la mujer que soñó un día antes que nadaba en su propia casa o la historia de que en la costa hasta el arrecife temblaba.

O quizás no. Puede que el ruido ensordecedor de los vientos del huracán Ike o los seis metros de altura que alcanzaron las olas del mar en septiembre, se conviertan en algo tan cotidiano que los gobiernos, las comunidades y las familias aisladas se vean obligadas a tenerlos en cuenta para decidir dónde y cómo construir una casa.

"Cuando la fuerza del mar es capaz de destruir en unas horas lo que hizo la propia naturaleza durante siglos, hay que cogerle miedo. Y eso fue lo que pasó en toda la costa de Gibara", dice a IPS el arquitecto Alberto Moya, quien trabajó durante años en la conservación del patrimonio de esta pequeña ciudad, 775 kilómetros al este de La Habana.

La playa de "Caletones es otro mundo. El mar se lo llevó todo. No quedó ni la playa. Dicen que el arrecife temblaba", cuenta Moya.

Un informe de la delegación territorial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente asegura que en esa zona el mar penetró tierra adentro hasta 1.000 metros, afectó 25 kilómetros de vegetación, arrastró gran cantidad de fragmentos de coral hacia la orilla y destruyó dunas en formación.

En la pequeña playa casi virgen, sitio de descanso de los habitantes de la ciudad, sólo quedaron en pie unas sólidas cabañas de empresas estatales. Siete de los 11 barrios costeros del municipio desaparecieron al paso del huracán que se movió durante horas por la costa norte de la provincia cubana de Holguín.

Unos 40 ciclones tropicales han afectado el territorio holguinero desde 1841. A pesar de más de mil muertos y desaparecidos por el huracán Flora en toda la zona oriental de Cuba, en 1963, Ike es "el primero intenso que nos impacta", afirma Jorge Proenza, jefe del grupo provincial de Pronósticos de Meteorología.

El huracán categoría III en la escala Saffir-Simpson, de un máximo de cinco, tocó Cuba en Cabo Lucrecia, en el municipio holguinero de Banes, la noche del 7 de septiembre. En lugar de penetrar tierra adentro y debilitarse en ese proceso, Ike se mantuvo pegado a la costa "con una parte de su circulación sobre tierra y otra en el mar", agrega.

La energía que extraía el huracán de las aguas calientes, la iba descargando sobre el suelo holguinero, con vientos máximos sostenidos superiores a los 195 kilómetros por hora. Cuatro horas y quince minutos estuvo el ojo de Ike sobre la provincia, pero si se tiene en cuenta la influencia de sus bandas espirales el impacto fue de 30 horas.

"El Flora fue fuerte, pero yo que lo viví te aseguro que no nos hizo tanto destrozo. El mar cada día es más fuerte y cada vez tendremos ciclones más fuertes. Hay que irse preparando", dice a IPS el gibareño Pedro Ramírez, de 58 años, que trabaja con el Estado en la elaboración de materiales de construcción.

Regreso al hogar

"Cuando vimos lo que hizo el mar, mi madre y yo nos abrazamos llorando. Llegar y encontrarse sin nada no es fácil, todo se perdió", cuenta Tania Velásquez, una mujer de 36 años que tuvo el primero de sus cuatro hijos siendo una adolescente y ahora siente que debe "empezar todo de nuevo".

"Siempre que el tiempo se pone malo, nos vamos a casa de mi mamá. Aquí las penetraciones del mar son frecuentes, estamos acostumbrados a eso. Este año ya había pasado una vez. Lo que hacíamos era poner todo en alto, irnos y después regresar a ordenar y limpiar. Pero esta vez fue más fuerte que nunca", dice.

Su casa de bloque y ladrillo, levantada con tanto esfuerzo por la familia, fue arrastrada por el mar, como todas las del barrio El Guirito, en la misma Gibara. "Mi esposo vino primero y casi se vuelve loco cuando se encontró el destrozo. Pasado el primer momento, empezó a reunir cosas y a armarnos este lugar donde vivir".

La "facilidad temporal", como le dicen en Cuba a un refugio precario, fue construida con los fragmentos de tejas de fibrocemento que quedaron del techo de la casa original y guarda todo lo que pudieron rescatar de las ruinas. Al lado, levantaron un pequeño cuarto de bloques para poner la cocina. "Ahora sólo me queda esperar", afirma Velázquez.

Lo importante es que no haya nadie sin techo, aseguran las autoridades del municipio que, como en el resto de esta isla, han tenido que acudir a fórmulas creativas para enfrentar el daño ocasionado en casi todo el territorio nacional por la coincidencia de tres huracanes intensos en poco tiempo.

Sólo en Gibara, un municipio de 42.000 habitantes, se reportaron más de 19.000 viviendas afectadas, en un total de 25.400 casas, confirmó a IPS Rosa María Leyva, secretaria del gobernante Partido Comunista de Cuba en el territorio y presidenta del Consejo de Defensa Municipal.

Velásquez pone todas sus esperanzas en que algún día el gobierno le dé la posibilidad de tener una casa en una zona de desarrollo en la misma Gibara, pero su vecino Raúl Pupo no quiere ni oír hablar de otras opciones. "Perdí todo por la confianza que tengo en el mar, pero así como lo perdí, lo vuelvo a armar", dice a IPS.

"Toda la vida he vivido aquí", añade el hombre de 42 años que permanece albergado en una institución estatal junto a su familia, y que cada mañana recorre el camino hasta el lugar donde un día estuvo su vivienda. "Sólo quisiera que me dieran los materiales para volver a hacer lo mío", afirma.

Una casa de palma

"Yo quiero una casa de palma", fue la solicitud de Odalis Leal al gobierno de su comunidad cuando se enteró de que se podía aprovechar la madera de más de 7.000 ejemplares de palma real (Roystonea regia) tumbados por el huracán Ike en Gibara para construir viviendas de las familias damnificadas.

La suya fue una de las más de 2.000 totalmente destruidas en este municipio y la primera en ser sustituida por una casa de palma, según el periódico holguinero Ahora. La experiencia podría extenderse, teniendo en cuenta las características de cada lugar y respetando las normas arquitectónicas de la ciudad.

"Lo que yo tenía era una casa de tablas totalmente podrida y que mi mamá me había ido tapizando por dentro con papeles de colores para que no se viera tan fea", cuenta a IPS la mujer que vive sola con sus cuatro hijos en uno de los barrios elevados de la ciudad. "Aquí no llegó el mar, pero los vientos acabaron" con todo, asegura.

En la nueva casa tendrá dos habitaciones, una pequeña sala y la cocina y el baño estarán en las áreas exteriores. Al lado, vive su padre en una casa tan vieja como la de Leal, pero que resistió, y más abajo habitan su tía y hermana. Todos ellos esperan ayuda para mejorar, pero al menos no perdieron el techo.

No pocas personas permanecen aún evacuadas en instituciones estatales, reciben alimentación y atención gratuita. Otra cantidad importante viven con sus familiares. El gobierno ha garantizado la solución de más de 2.000 viviendas dañadas y la construcción de otras 2.000 "facilidades temporales".

Leal no sabe aún cuánto le costará su nueva vivienda. Averiguar precios no fue prioridad para ella, ni para las autoridades locales que buscan soluciones y, en casos como el suyo, dejan los trámites burocráticos para después.

Los materiales para el arreglo de las viviendas dañadas se venden a la población a precios subsidiados: una plancha de fibroasfalto para el techo cuesta cuatro pesos cubanos, un saco de cemento 4,50 y un metro cúbico de piedra o arena, nueve pesos, todos valores inferiores a un dólar estadounidense.

Según la directora del Banco Popular de Ahorro en Gibara, Marisel Rodríguez, los créditos se asignan según las condiciones de la familia y los salarios, las cuotas mensuales rondan 10 por ciento del ingreso de la persona beneficiada, y el interés lo paga el Ministerio de Finanzas y Precios.

Pero, a pesar del esfuerzo, los recursos no alcanzan. "Muchos tendrán que esperar un año, dos años o no sabemos cuánto, antes de tener una solución porque el impacto en la vivienda ha sido muy grande. Lo importante es que no hay desamparo", dice a IPS la presidenta del Consejo de Defensa de Gibara. (FIN/2008) 

Años para salir del huracán

Años para salir del huracán

Dalia Acosta, enviada especial
 GIBARA, Cuba, dic (IPS) - Rosa María Leyva fue de las primeras personas en llegar a la playa Caletones. Seis horas requirieron los equipos especializados para despejar el camino que enlaza esta oriental ciudad cubana con uno de los siete barrios costeros arrasados por el huracán Ike a su paso por la isla.

Los 20 kilómetros de carretera construidos este mismo año fueron totalmente levantados por la fuerza del mar y, con la excepción de unas sólidas construcciones estatales que ahora sirven de albergue para las personas damnificadas, todas las edificaciones de Caletones desaparecieron sin dejar huella.

"Cuando decimos que desaparecieron los barrios es que no quedó nada. Llevamos a los responsables de familia y hubo gente que no encontró ni un caldero. Todavía están buscando cosas en los manglares", cuenta a IPS Rosa María Leyva, presidenta del Consejo de Defensa de Gibara, una urbe ubicada 775 kilómetros al este de La Habana.

"La población fue la primera en donar ropas y útiles del hogar. Reubicamos a las familias en las villas de descanso de las empresas estatales y les entregamos los primeros colchones que llegaron al municipio para los damnificados", explica Leyva, enfermera de profesión.

Pasados tres meses del desastre y aún sin poder borrar uno de los momentos más duros que ha tenido que enfrentar en sus 41 años de vida, esta mujer, la primera en asumir el cargo de secretaria del gobernante Partido Comunista en este municipio de la provincia de Holguín, piensa que "se ha trabajado mucho en esa zona para que la gente tenga una mejor vida".

En cualquier caso, si reconstruir el camino, rehabilitar los servicios básicos, limpiar la ciudad de Gibara, replantar los campos para garantizar la alimentación de la población y garantizar los servicios gastronómicos fue cuestión de "mucho esfuerzo pero poco tiempo", la recuperación de las viviendas podrá demorar años.

Las quejas de la población no faltan. Algunas personas reclaman porque las comisiones de materiales creadas en las comunidades resuelven "los pequeños problemas y no los grandes", otras piden que les entreguen los materiales para reconstruir el hogar con esfuerzos propios y algunas quieren saber exactamente cuánto tendrán que esperar.

"Tenemos que seguir informando a la población, pero no podemos hacer compromisos que no podamos cumplir. No estamos para engañar a la gente", indica Leyva, quien lleva 10 años dedicada a las labores del Partido Comunista y uno como secretaria municipal.

"El ciclón Flora pasó por aquí en 1963, pero los daños se recuperaron muy rápido. Nosotros tenemos conciencia de que nos estamos recuperando poco a poco, pero también que la recuperación va a ser de varios años. Raúl (Castro, presidente de Cuba,) nos los dijo, pero ya nosotros lo sabíamos", añadió.

Sin tiempo para lamentaciones

En una noche, el huracán Ike, con vientos sostenidos superiores a los 195 kilómetros por hora, afectó unas 19.000 casas, más de 70 por ciento del fondo habitacional de un territorio con 42.000 habitantes. El panorama fue similar en otros municipios del norte de Holguín como Banes y Antilla.

Un informe oficial, reproducido por el periódico provincial Ahora el 26 de octubre, indica que 130.063 viviendas sufrieron algún tipo de daño en toda la provincia, que tiene algo más de un millón de habitantes. Del ese total de casas, 32.134 se quedaron sin techo, 22.574 sufrieron derrumbes parciales y 18.819 fueron totalmente destruidas.

Más de un millón de metros cúbicos de desechos sólidos, similar a los acumulados por la provincia en un año, fueron recogidos en alrededor de un mes. Los esfuerzos de recuperación se centraron en los servicios de básicos, la alimentación de la población, las instalaciones de salud pública y, el mayor reto, el sector de la vivienda.

Según el secretario del Partido Comunista en la provincia, Miguel Díaz Canell, la política para la etapa de rehabilitación se estructuró alrededor de tres elementos fundamentales: inmediatez, seguir una estrategia bien trazada y garantizar el desarrollo tomando como referencia el estado anterior al desastre natural.

"Lo más importante era no lamentarse, sino borrar las huellas", afirmó el dirigente partidaria en el programa televisivo Criterio Compartido. La situación holguinera se complicó porque, además de los daños ocasionados por Ike en casi todo el territorio nacional, el gobierno cubano enfrenta el desastre provocado por los huracanes Gustav, del 30 de agosto, y Paloma, del 8 de noviembre. Fuentes oficiales calculan los daños en más de 10.000 millones de dólares.

Así y todo, la provincia había logrado hasta el 7 de este mes darle solución a los daños ocasionados a 36.589 viviendas, que es 29.3 por ciento del total de las afectadas. Se trabajaba en otras 7.363 y se habían construido 9.950 "facilidades temporales", una opción precaria para albergar a la familia en espera de una solución definitiva.

De las 315.549 personas evacuadas por las autoridades en el momento del paso del huracán, 5.758 de ellas no habían podido regresar a sus hogares y, de este total, 4.846 estaba viviendo en casas de familias o amigos y las restantes 912 permanecían albergadas en instalaciones del Estado.

"Gibara es el municipio que más evacuados tiene todavía a causa del Ike y cuando se habla de evacuados son personas que perdieron sus casas. Hemos logrado recuperar más de 2.000 viviendas, pero no hemos podido ir más allá de la recuperación de 10 por ciento de todo lo dañado", asegura Leyva.

La ciudad también trabaja en la preparación de un terreno, entregado por una familia para la construcción de nuevas casas para los damnificados y, donde se ubicarán 48 "petrocasas", a base de policloruro de vinilo (PVC), donadas por el gobierno de Venezuela tras el paso de Ike.

"Son casas espaciosas, de tres habitaciones y tenemos que entregarlas a familiar numerosas para aprovecharlas bien. Sabemos que siempre habrá insatisfacción de la gente porque son muchas las necesidades, pero lo importante es que 48 familias van a tener una respuesta casi inmediata", dijo la secretaria del Partido Comunista.

En busca de alternativas

En Gibara, las antiguas tejas de barro resistieron más la furia de los vientos que sus sustitutas de fibrocemento. En los campos, también sucedió que los techos de guano, una fibra natural y flexible extraída de la palma real, sobrevivieron junto a otras opciones más modernas destrozadas por Ike.

¿Por qué unos techos resisten y otros no? Y, sobre todo, ¿por qué techos construidos con el mismo material pueden no tener igual resistencia al paso de los huracanes?, se preguntan las autoridades de la provincia de Holguín que han llamado a extraer todas las experiencias posibles del desastre ocasionado por Ike.

El informe oficial reproducido por el periódico Ahora en octubre recomienda hacer un análisis para la modificación de los modelos constructivos, de forma tal que resistan la intensidad de los huracanes y exigir que los inversionistas cumplan con "los intereses de la Defensa Civil".

Como opción aparece la aplicación en Holguín de un proyecto desarrollado por la Universidad Central de Villa Clara, a unos 250 kilómetros de La Habana, que promueve la reducción de riesgos del entorno construido ante desastres a través de la transferencia de tecnologías apropiadas, el uso de ecomateriales y el fomento de la producción local.

Mientras incentiva la fabricación de materiales de la construcción, incluida la producción artesanal de ladrillos a partir de desechos de la industria, Leyva mira con interés los únicos techos que resistieron en Caletones. "Sólo los techos de bóveda aguantaron. Al parecer, la clave está en la forma de arco", dice.

"La bóveda se hace con ladrillo, un nivel de cemento y mínimo de arena, composición que vuelve esta alternativa en muy atractiva. La arena es el elemento que más nos afecta en el país. Aparece de todo, pero lo que limita agilizar la recuperación del sector de la vivienda es la arena", asegura a IPS. (FIN/2008)  

El pueblo que quiere alejarse del mar

El pueblo que quiere alejarse del mar

Dalia Acosta, enviada especial
 SANTA CRUZ DEL SUR, Cuba, dic (IPS) - Nació, creció y vivió al borde del mar en La Playa, como todos llaman a esa parte de esta ciudad cubana. Aunque tuvo la suerte de regresar a una casa que resistió el paso del huracán Paloma y resguardó todos sus bienes, Iramis Rodríguez está decidida a mudarse tierra adentro de la isla.

"Si me llevan, me voy", afirma a IPS esta santacruceña de 30 años que labora como "auxiliar de limpieza" en una entidad estatal "aquí mismo en Santa Cruz".

El mar, que subió algo más de un metro empujado por el huracán, dejó la huella en la pared de la casa, el techo sufrió, los colchones y los equipos electrodomésticos se mojaron… pero nada que el sol no pueda resolver. "Ahora, hay que ayudar a los que están peor, mientras esperamos por la solución definitiva", dice Ramón del Campo, esposo de Rodríguez.

Desde la puerta puede verse el monumento a las víctimas del ciclón del 9 de noviembre de 1932, la peor tragedia natural de la historia de Cuba. Más cerca del litoral, se alza la cruz que marca la altura que alcanzó la marea de tormenta: unos seis metros, según testimonios de los ya pocos sobrevivientes.

Unas 3.000 personas murieron ese día por la fuerza de los vientos, "apuñaladas" por los más disímiles objetos volantes, atrapadas dentro de sus hogares, arrastradas por el mar en su retirada o quemadas entre los escombros por orden de las autoridades que querían evitar una epidemia a cualquier precio.

Las familias que regresaron el 11 de noviembre a Santa Cruz del Sur, 616 kilómetros al este de La Habana, encontraron un paisaje similar, pero diferente al de hace 76 años. Los perros vagaban con la mirada perdida en un pueblo que se había vuelto desconocido y algún animal permanecía atrapado bajo las tablas, pero la comunidad estaba a salvo.

La primera franja de casas que se alzaba pegada a la costa desapareció casi en su totalidad. En algunos lugares no quedaron ni las ruinas y sólo parte de los cimientos sirven para demostrar que "aquí estuvo mi hogar". La vivienda más sólida, escogida por los vecinos para resguardar los refrigeradores, también fue arrasada.

"Esto es un ciclón del 32 sin muertos", comentó a IPS Alicia Reitor, una mujer de 58 años que integró uno de los primeros grupos de la Iglesia Católica que llegó hasta la zona de la playa para llevar "un poco de ayuda material, pero sobre todo espiritual a las personas que lo han perdido todo".

Más de 20.000 personas fueron evacuadas en Santa Cruz del Sur, un municipio de 49.900 habitantes, cuando se alertó de la cercanía del huracán Paloma, el tercero de gran intensidad que azotó Cuba este año. Mientras en 1932 un pueblo entero se quedó esperando el tren de evacuación que nunca llegó, esta vez ni una sola persona permaneció en la barriada de La Playa.

A su entrada en tierra, el huracán dañó 9.022 viviendas, de las cuales 1.155 sufrieron derrumbes totales, 1.422 derrumbes parciales y 1.227 quedaron sin techos. Alrededor de la mitad de las 480 casas de La Playa fueron totalmente destruidas y todas las que quedaron en pie exhibían algún tipo de daño.

Asumir el golpe

Fernando Zamora, de 51 años, había quedado con su familia en pasar por la casa para asegurar sus bienes más importantes. Llevaría a algún lugar seguro el refrigerador, el televisor y quizás el juego de sala que habían adquirido con mucho esfuerzo, hacía relativamente poco tiempo.

Trabajador de una empresa dedicada al cultivo del camarón, Zamora pasó las horas previas a la entrada de Paloma en las labores de evacuación, como miembro del Consejo de Defensa Municipal. "Al final, no pude venir a recoger nada, pero estaba seguro que la casa resistiría", contó a IPS.

Tres días después, la familia intentaba rescatar casuelas, ropas y hasta alguna foto de las ruinas. Zamora, como Ramón del Campo y tantos otros hombres sentían la responsabilidad de salvar lo insalvable e improvisar paredes y techos para vivir el tiempo que fuera necesario.

Las mujeres rescataban ropas del lodo y de la orilla del mar, montaban cocinas colectivas para combinar la alimentación que repartía el gobierno gratuitamente con algo "más casero", se ocupaban de los animales domésticos e intentaban mantener a los niños lo más alejados posible de la sensación de desastre.

"Hombres y mujeres enfrentan este momento de manera diferente. Ellas se acercan a conversar con los médicos, exteriorizan lo que sienten. Los hombres permanecen en la retaguardia, como queriendo demostrar que no los afecta emocionalmente. Esa reacción puede ser peor", explicó a IPS la psiquiatra Daysi Roque.

Roque integró un grupo de 20 especialistas, como psiquiatras, psicólogos, terapeutas ocupacionales y enfermeras, entre otros, que viajaron a Santa Cruz del Sur cuatro días después del paso de Paloma para hacer un diagnóstico urgente de la población que permitiera detectar casos de personas afectadas por el estrés y la angustia.

"Hay distintas maneras de ayudar a manejar el sufrimiento: orientar, conversar, escuchar y, sobre todo, hacerles saber que vamos a estar todo el tiempo a su lado", dijo a IPS Yoandro Ávalo, uno de los miembros de la Cruz Roja Cubana que viajó a la localidad para contribuir a la evacuación previa y a la recuperación post-desastre.

A unos 10.000 millones de dólares ascienden los daños ocasionados por los huracanes Gustav, Ike y Paloma a su paso por la isla los días 30 de agosto, 8 y 9 de septiembre y 9 de noviembre de este año. Las estadísticas no hablan de las fotos de familia, los juguetes de los niños o los libros acumulados por una maestra santacruceña durante toda su vida.

Adiós al mar

"¿Si te dan la opción de irte de aquí te irías?", fue la pregunta de IPS a más de 15 personas, habitantes de La Playa. La respuesta, marcada por el dolor pero también por la seguridad, siempre fue sí.

Esta parece ser la única salida posible para comunidades como Santa Cruz del Sur, Cajío, Guanimar, entre tantas otras, que año tras años viven la amenaza del mar. Un informe oficial de 2002 calculó en 244 los asentamientos cubanos vulnerables a inundaciones costeras, donde en ese momento vivían 1,4 millones de personas.

"Se localizan por debajo de un metro de altura sobre el nivel medio del mar y a una distancia inferior a los 1.000 metros de la línea de costa", asegura el documento presentado por Cuba durante una consulta regional sobre "Gestión Local y Reducción de Riesgo en los Asentamientos Humanos de la Cuenca del Caribe".

Con el aumento de la intensidad de los ciclones y las perspectivas de la elevación del nivel del mar, el gobierno cubano reconoció que la única alternativa para estas comunidades está en el traslado tierra adentro. La decisión ya empieza a aplicarse en Santa Cruz del Sur con la construcción de viviendas temporarias para los damnificados.

El sitio, donde se crean las condiciones para la construcción de varios edificios de apartamento, está a más de tres kilómetros de La Playa.

"Crecimos oyendo las historias del ciclón del 32, pero nunca pensamos que algo así podría volver a pasar. Aquí nunca se ha vivido con miedo al mar, pero ahora es diferente. Hay que irse porque esto que pasó puede suceder de nuevo", dijo a IPS Ibrahím Rojas, doble campeón olímpico de canotaje.

Rojas ya no vive en Santa Cruz del Sur, pero volvió a su casa natal junto a su madre, para ayudar a "reconstruir" el hogar.

"Supuestamente, este era el lugar donde iba a pasar su vejez y ahora está loca por mudarse. Cuando vimos lo que había pasado, fue el dolor más grande del mundo", comentó Rojas al mencionar la situación de su madre. (FIN/2008) 

Mapa verde contra huracanes

Mapa verde contra huracanes

Dalia Acosta

LOS PALACIOS, Cuba, ene (Tierramérica) (IPS) - Las tejas de su casa volaban, su suegro decía que la carne le temblaba bajo la piel y su esposo intentaba protegerla con una mesa asegurada con colchones, pero la maestra cubana Gladis San Jorges sólo tenía una preocupación: "Ay, la escuela, ay, la escuela", gritaba.

Terminaba agosto de 2008 y el huracán Gustav arrasaba la provincia de Pinar del Río, en el extremo occidental de Cuba.

"Habíamos resguardado todos los útiles escolares, pero no podíamos impedir que el huracán se llevara el techo. Yo no hacía más que pensar que mis niños se iban a quedar sin casa y también sin aula", cuenta esta maestra de 41 años que trabaja en el centro escolar del barrio La Vigía, en el municipio de Los Palacios.

San Jorges no es una maestra cualquiera. Su vida cambió hace unos años cuando su escuela se integró a la red nacional del Mapa Verde, y empezó a coordinar un proyecto que iba mucho más allá de localizar sitios de interés en un papel, para tener una incidencia real en la comunidad y su entorno.

"El Mapa Verde cambió mi vida, la de mi escuela y la de esos niños", dice intentando explicar los lazos que la unen a la edificación de una sola planta que quedó sin techo, con las paredes humedecidas y las áreas de recreo y el huerto escolar totalmente dañados. "Tuvimos que trasladar la escuela temporalmente a una terraza", cuenta.

Surgido a partir de una metodología creada por la ecodiseñadora estadounidense Wendy E. Brawer en 1992, el Sistema del Mapa Verde (GES, por sus siglas en inglés) promueve la participación comunitaria en la elaboración de "retratos" de los recursos culturales, sociales y ecológicos de un lugar.

Desde su promoción como sistema global, en 1995, el Mapa Verde se ha extendido a 400 ciudades, pueblos y barrios de 50 países, a partir de una red de nodos regionales y de proyectos locales, que funcionan de acuerdo a las necesidades de cada lugar y con independencia de la iniciativa central.

El proyecto nacional cubano, coordinado por el no gubernamental Centro Félix Varela, está presente en todo este país e involucra a unas mil personas de escuelas de todos los niveles educacionales, incluso universidades. "Los colectivos reciben asesoría técnica y materiales para el trabajo", explica a Tierramérica Liana Bidart, coordinadora de proyectos del Centro y encargada nacional del Mapa Verde.

"Tras la capacitación metodológica, hemos propiciado la participación de los integrantes de la red en talleres sobre comunicación y concertación. La idea es que estén preparados para negociar, enfrentar los conflictos y encontrar soluciones a un problema de la comunidad con otros actores sociales", dice.

Un mapa verde para actuar

Una de las primeras cosas que aprendieron San Jorges y las demás maestras de la escuela primaria "Rafael Morales" del método de trabajo de la Red Nacional del Mapa Verde, fue que los problemas no tenían que ser resueltos necesariamente por el gobierno local, podía solucionarlos la comunidad.

"Gotica a gotica se va logrando", es la filosofía del colectivo que consiguió, por ejemplo, que una cooperativa de producción agropecuaria vecina dejara de usar para el riego las aguas de una laguna contaminada, eliminar micro vertederos de basura y poner fin a la quema de la caña de azúcar antes del corte.

"El Mapa Verde nos dotó de conocimientos que no teníamos, pero también nos cambió como personas. Y los niños están felices. Participan de la confección del mapa, pero también en todo el proceso de enfrentar los problemas. Muchas veces son ellos los que van a conversar con alguien, a convencer", cuenta San Jorges.

Cuando Gustav golpeó la zona, el colectivo de la escuela decidió que la magnitud del desastre podría demorar las soluciones estatales y que era hora de aplicar todo lo aprendido.

"Vimos cómo había quedado la escuela y decidimos no esperar que llegaran los recursos del Estado. Fuimos a la cooperativa cercana, conseguimos los techos y los pusimos con nuestro propio esfuerzo", relata San Jorges, convencida de que nada de eso hubiera pasado sin la incorporación de la escuela a la red del Mapa Verde.

El Centro Félix Varela donó la pintura para las paredes. Maestros, padres, colaboradores del Centro y algunos alumnos se unieron en una jornada de trabajo voluntario que dejó lista la escuela. Puede ser que la humedad acumulada en las paredes vuelva a salir, pero, de momento, "los niños están de vuelta en las aulas".

A inicios de noviembre, la escuela de La Vigía era la primera recuperada en Los Palacios, un municipio donde la combinación de dos huracanes afectó a las 43 escuelas primarias existentes. En ese momento, el gobierno ya contaba con recursos para la recuperación, pero el proceso apenas comenzaba.

Menos vulnerables

Tras destruir la Isla de la Juventud, en el sur de Cuba, el huracán Gustav pasó la noche del 30 de agosto y la madrugada del 31 por Pinar del Río. En la estación meteorológica de Paso Real de San Diego, en Los Palacios, una racha de viento rompió el anemómetro en los 340 kilómetros por hora, un récord nacional.

No habían pasado ni ocho días del ciclón tropical más violento que azotó esta isla del Caribe en los últimos 50 años, cuando la población pinareña supo de la amenaza de Ike. El huracán, que entró por el oriente cubano y afectó casi todo el territorio nacional, salió de Cuba por donde lo había hecho Gustav, en el norte de Los Palacios.

"Después de Gustav, Ike pareció un vientecito, pero así y todo hizo daño", afirma San Jorges. Más que en el destrozo material, piensa en la angustia de esos días, en el terror de pensar que el desastre volvía a repetirse y que los árboles y las casas que habían quedado en pie, podían perderse.

Más de 2.000 centros educacionales fueron dañados en todo el país por los dos huracanes. Fuentes del Sistema de las Naciones Unidas en Cuba aseguran que el desastre causó considerables daños psicosociales y estrés postraumático en la población, especialmente en casi 390.000 niños y adolescentes cuyas escuelas fueron destruidas.

"Esos niños han vivido un trauma inmenso. Lo que hemos visto ha sido muy duro para los mayores, imagínate para ellos. La mayoría apenas puede dormir en sus casas, muchos lo perdieron todo, su única salida para estar mejor es la escuela", dice San Jorges, que ahora trabaja con su grupo para reelaborar el Mapa Verde.

La mirada tendrá que ser diferente. "Vamos a utilizar el Mapa Verde como una herramienta comunitaria para promover prácticas alternativas y reducir el riesgo ante desastres naturales", afirma Bidart.

Ella y San Jorges repasan juntas el mapa anterior a Gustav: el paisaje ha cambiado. Los sitios que un día fueron de interés quizás ya no lo sean más. Hay que ubicar las zonas de inundaciones, los refugios y los lugares de reforestación, y proponer especies que puedan soportar los vientos. "Los niños van a tener trabajo", comenta la maestra.

* Este artículo fue publicado originalmente el 10 de enero por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica.

Galería
Gustav también dejó su huella en Hotel "La Ermita", enclavado en el municipio de Viñales, Pinar del Río. Foto: Abel Padrón Padilla. AIN Granja Avícola "Julián Alemán", del Municipio de Consolación del Sur, en la provincia Pinar del Río, afectada por el Huracán Gustav, con más de 12000 gallinas ponedoras muertas tras el paso de este fenómeno. Residentes de Camagüey trasladaron sus pertenencias a lugares seguros ante la proximidad del huracán Ike. El huracán Ike provocó severas afectaciones en el municipio de Antilla, en la oriental provincia de Holguín, durante su paso el 8 de septiembre de 2008. El municipio especial Isla de la Juventud comenzó su fase recuperativa luego de ser azotado por el huracán Gustav, que causó a su paso un gran daño a viviendas y objetivos económicos. Foto: Juan Carlos Carreras. AIN Áreas agrícolas de la Cooperativa de Producción Agropecuaria, próximas a la Playa Rancho Luna perdieron sus plantaciones, por las lluvias y vientos asociadas al huracán Gustav, en Cienfuegos. Foto: Justo González. AIN Daños ocasionados en Los Palacios, Pinar del Río, luego del paso del huracán Gustav por la más occidental de las provincias cubanas. Foto: Oriol de la Cruz Atencio. AIN Este ómnibus fue arrastrado por Gustav por más de 80 metros hasta dejarlo en esta posición. Foto: Abel Padrón Padilla. AIN Baracoa después del paso de Ike. Foto: AIN Desastres ocasionados por el huracán Gustav, a su paso por el municipio de Consolación del Sur, en la provincia Pinar del Río. Las edificaciones ms veteranas de Viales, provincia Pinar del Ro, se vieron seriamente afectadas tras el paso de Gustav. Foto: Cortesía de @leydisgch. Los pinos de la calle principal de Viales, en Pinar del Ro, cedieron ante la fuerza de los vientos huracanados de Gustav. Foto: Cortesía de @leydisgch.